La cita que le abrió los ojos para siempre

Quedó con él a la tarde, en una famosa coctelería de moda de la ciudad. Llegaba un cuarto de hora tarde y temía que el tal Jaime ya se hubiese marchado. De camino, a toda prisa, revisó su teléfono y chequeó de nuevo el lugar y si tenía algún mensaje de él. Nada. Recorrió los últimos metros hasta llegar al emplazamiento acordado y vio que la terraza estaba bastante llena pero, tras echar un ojo, descubrió que una de las mesas situada en uno de los extremos estaba vacía.

—Hola buenas tardes, ¿ya sabe qué va a tomar o quiere ver la carta? —le dijo la joven camarera de pelo azul corto. Acto seguido extendió una de aquellas cartas dobladas por la mitad y se la entregó.

—Hola, sí, creo que miraré primero a ver qué tienen, gracias.

Tras echar un vistazo a la oferta de aquel lugar, eligió un gin and sin porque le recordaba a una época agradable de su vida y después se quedó observando a la gente que había en aquella terraza. Descubrió que todas allí eran mujeres, algunas de más edad que ella y otras más jóvenes. En general eran atractivas y algunas iban en grupos de dos, tres y hasta cuatro personas. La excepción era una mesa en el otro extremo, ocupada por una sola chica. Aunque lo que más le llamó la atención fue la mezcla de perfumes que había en el ambiente, era entre empalagoso y agradable.

—Aquí se lo dejo, espero que le guste —dijo la camarera, interrumpiendo su fugaz cotilleo.

—Ah, gracias —dijo ella dándose la vuelta.

—No hay de qué.

Le dio un sorbo a su copa, cerró los ojos y lo saboreó. Estaba realmente delicioso. Tras ello volvió a girarse hacia la mesa de la chica solitaria. Estaba mirando su teléfono y el pelo negro alisado le ondeaba por delante del rostro. Tenía la piel clara, muy cuidada y los ojos pintados con sombra y algo de rímel en las pestañas. Su estilo de vestir le gustaba, algo informal y agresivo a la vez con aquellos vaqueros negros rotos, una camiseta de tirantes negra con un logotipo que no conseguía ver bien y y aquellas pulseras de tachuelas…

Volvió a sacar el teléfono de su bolso para comprobar si él le había escrito. Nada, solo tenía un mensaje de su madre diciéndole a ver cuándo iba a ir a comer con ella. Pensó si decirle algo a Jaime o seguir esperándolo. De todas formas no se estaba tan mal en aquel lugar. A mediados de junio la temperatura en la calle era perfecta y encima la brisa que corría era como un aire acondicionado natural.

Se entretuvo mirando las fotos de él en las redes sociales, en general le había atraído porque se lo veía sencillo, elegante y alejado de la típica imagen de macho que tanto imperaba en aquella época. Aún así lo mejor había sido lo que habían estado hablando durante tanto tiempo, las conversaciones sobre cine, literatura e historia.

Tomó otro sorbo de su cóctel y, de forma automática, se volvió de nuevo hacia la mesa de la chica pero comprobó que ella ya no estaba allí, se había marchado. ¿Por qué acababa de volver a girarse hacia ella? ¿Le sonaba de algo?

—Disculpa…

Amanda se giró ipso facto hacia aquella voz y descubrió que se trataba de la chica solitaria. La miró de arriba a abajo y pudo ver que el logotipo de su camiseta era una especie de triángulo invertido con varias serpientes a su alrededor.

—Perdona si te he asustado, no era mi intención —dijo la chica con una tímida sonrisita.

—No, no, para nada ¿pasa algo? —dijo Amanda notando como sus mejillas comenzaban a arder.

La chica miró hacia la terraza y después hacia el interior de la coctelería. Finalmente volvió a mirarla a ella y sonrió.

—No sé cómo decírtelo, creo que ha sido un error por mi parte.

—¿El qué? —preguntó Amanda sin saber qué hacía junto a su mesa.

—Soy Jaime.

Amanda abrió los ojos y la boca de par en par, aquello no podía ser, debía ser una broma, sí, claro. ¿Cómo que Jaime?

—¿Perdona?

—Sí, sé que te debo una disculpa y te juro que lo haré pero me gustaría primero que me dejases sentarme contigo —dijo ella entrelazando los dedos de sus manos y haciendo el gesto de querer rezar algo a los cielos. Amanda se fijó que las uñas las tenía pintadas del color de su pelo: rojo oscuro.

—¿Cómo puedes ser tú Jaime? ¿Te has cambiado de sexo en la última semana o qué?

La chica apoyó su mano en la silla que permanecía vacía y Amanda finalmente asintió.

—Está bien, puedes sentarte pero…creo que sí, está bien, te puedes quedar hasta que llegue el verdadero Jaime —soltó Amanda sin creerse demasiado los argumentos de la chica solitaria.

Ella sonrió aliviada, se sentó con elegancia y se quedó con las piernas cruzadas. Amanda comprobó que sus zapatos eran unas plataformas negras de diseño agresivo que la hacían aún más alta de lo que era.

—Sí, yo soy Jaime y con el que has hablado es con mi perfil ficticio —dijo ella mostrándole su teléfono. En él pudo ver la sesión iniciada desde el perfil de él. Y pensar que ella había estado curioseándolo minutos antes…

—¿Pero cómo es posible? ¿No sabes que esto es ilegal?

—Muchos lo hacen y la mayoría con perfiles de actores famosos.

—¿Pero de quién son esas fotos entonces?

—De mi hermano.

Amanda se la quedó mirando como si todo aquello estuviese siendo demasiado extraño. Miró su cóctel y se bebió lo que le quedaba de un trago.

—Tu hermano, vale, entonces no es que hayas cogido el perfil de alguien anónimo.

—No, para nada. Sé su contraseña por si le pasa algo y me deja gestionar sus páginas. Tiene varias empresas de marketing digital y no puede con todo.

—¿Y se te ocurrió la genial idea de hablar con una desconocida y quedar con ella sabiendo lo que iba a pasar?

—Tenía que intentarlo ya que…

—Hola de nuevo —dijo la camarera interrumpiéndola—. ¿Le apetece tomar algo más?

—Sí, una cerveza tostada, belga a poder ser.

—De esas tenemos sola una marca.

—Sí, seguro que me viene bien, puede traérmela.

La camarera asintió con la cabeza y se marchó a por su pedido. Mientras tanto Amanda suspiraba e intentaba asimilar todo aquello. Estaba molesta, sí, pero por otra parte no le desagradaba la presencia de aquella chica, de hecho le había llamado la atención antes de que ella se presentase sin avisar.

—¿En serio que te lo has creído? —dijo finalmente ella tapándose la boca para ocultar una sonrisita que podía convertirse en carcajada.

—¿Qué? ¿A qué te refieres con «creído»?

—Mira, Jaime es mi hermano, eso es verdad. En realidad él quedó contigo y yo más tarde leí la conversación y entré en tu perfil.

—No me lo puedo creer —dijo Amanda restregándose los ojos con la mano, aún más agobiada que antes.

—No quiero que te sientas mal, solo quería conocerte antes de que llegase él. Como buena hermana que soy, deseo lo mejor para él ¿sabes?

—Sí y te entiendo pero creo que estas no son las formas.

—Aquí tiene su cerveza —dijo la camarera depositando una jarra sobre la mesa—. ¿A usted le apetece algo más?

Amanda salió de su trance y la miró con una sonrisa impostada.

—No, gracias, puede traerme la cuenta.

—Muy bien, enseguida se la traigo.

—¿Ya te marchas? ¿Y mi hermano?

—Creo que ya no me apetece conocerlo y menos de esta manera.

La chica se quedó mirando hacia el otro extremo de la terraza y levantó su brazo como llamando a alguien. Amanda al girarse descubrió que era Jaime, el verdadero Jaime. Instintivamente se puso de pie y lo esperó algo incómoda, la chica también lo hizo y corrió hacia su hermano para darle un abrazo.

—¿Qué haces tú por aquí? —preguntó él a su hermana esquivando el abrazo y mirándola con extrañeza.

—Pues pasaba por aquí y…

—No, no pasabas por aquí, has estado otra vez curioseando mis conversaciones —dijo él con tono serio y firme y se giró hacia Amanda—. Siento si te ha molestado, no tiene remedio mi hermanita.

—No te preocupes, de todas formas ya me iba.

—¿Ya? ¿Por qué? ¿Ha hecho algo que te haya incomodado? —dijo él mirando furioso a su hermana.

—Oye, te juro que no era esa mi intención, solo quería conocerla antes que tú para ver si valía la pena y no era una aprovechada como las otras.

En ese momento llegó la camarera, notó el mal ambiente que había y, sin decir nada, depositó la cuenta sobre la mesa. Amanda rebuscó en su bolso, sacó su cartera y dejó un billete de 20 euros sobre el platito dorado.

—Lo siento, te juro que lo siento pero entiendo que te quieras marchar —dijo él agachando la cabeza.

—Sí, ya quedaremos en otra ocasión, no te preocupes.

Y, tras lanzar una seria mirada a la chica, se marchó calle abajo.

Pasó un mes después de aquella desastrosa cita y Amanda recuperó la ilusión, al menos una parte. Volvió a mirar las fotos de Jaime, las pasó unas tras otra y se detuvo ante una en la que no salía solo él, también aparecía su hermana. Por suerte para ella aparecía etiquetada en la foto y pulsó sobre el perfil de ella. Al fin pudo averiguar su nombre y saber su edad. De repente recordó la sensación que la invadió aquella vez, cuando acababa de sentarse en la mesa y la vio por primera vez.

Quedó con ella una de las tardes de la semana siguiente en un bar de cervezas a la carta situado en un callejón del centro de la ciudad. La misión estaba clara: la convencería de que era una buena persona, hablarían de temas triviales y quizá, después de varias cervezas, saldría el tema de Jaime y podría persuadirla de que ella era un buen partido para su hermano.

Llegó primero Amanda y se sentó al final del local, al lado de la pared y cerca del baño. La decoración del lugar era peculiar, un tanto psicodélica pero le gustaba, se sentía cómoda y más aún porque a aquellas horas el lugar estaba vacío. Miró hacia la carta que estaba situada en la mesa, tras un cristal que cubría todo el tablero. A diferencia de la coctelería, allí solo tenían cervezas y eran de distintas procedencias. ¿Cuál podría pedir? Lo más seguro era que tuviese que ir a la barra para que le sirviesen por lo que decidió esperar a que la hermana de Jaime llegase.

En su teléfono sonó la notificación de un mensaje. Su corazón latió con fuerza y lo leyó. «Ya llego», le escribió ella. Amanda sonrió, guardó el teléfono en el fondo de su bolso y lo dejó a un lado. Cerró los ojos, inspiró y expiró varias veces y, cuando los volvió a abrir, la vio a lo lejos, al otro lado de la puerta de cristal. A cámara lenta contempló cómo abría aquella puerta, saludaba al dueño que estaba detrás de un tirador de cerveza y se dirigía hacia ella. Iba vestida similar a la otra vez aunque en esa ocasión su camiseta tenía dos siglas: una V y una G con una tipografía elegante. A pesar de que no había viento como en la terraza en la que la conoció, su pelo azabache ondeaba con cada paso que daba.

Y, antes de que ella hubiese llegado junto a su mesa, Amanda supo que se había enamorado.

Escrito por Kay Nuit. Todos los derechos reservados. Copyright 2020.

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